Un aparcamiento no es sólo un almacén de coches y aún menos cuando éste se ubica en un emplazamiento marcado por la historia,  en la cota más alta de la ciudad y abrigado por el tejido urbano de la Catedral amurallada. Un aparcamiento es la antesala, a nivel conceptual, que subyace a la ciudad que sirve. Es el nodo de intercambio de las ruedas a las piernas y viceversa. Un reposo, un lugar que alimenta la vasta red de asfalto que convive con nosotros en las calles de la ciudad. Su tamaño condiciona el modo en que se relaciona con la urbe. Desde una plaza de coche suelta en la calle hasta los cúmulos de vehículos requieren estrategias concretas para que la amalgama de actividad que la ciudad produce sea beneficiada con dicho sistema de movilidad.

De igual superficie que la Plaça de la Font, este vacío urbano del casco histórico alberga un inútil aparcamiento por terminar metido en un foso de decenas de millones que yace tapado con algo que algunos insensatos osan llamar plaza. Insensatos por pretender que el aumento de movilidad que el equipamiento promete los absorban los escasos tres metros de l’Arc de Sant Antoni y que el elevado volumen de desplazamientos producidos por este nodo arruine el confort inherente del casco antiguo. Es como querer cagar dentro de un mercado y poner la ventilación enfrente del carnicero. Asumiendo que esta millonaria inversión no funciona más que para no caer en el caro  agujero, aún estamos a tiempo de enmendar el error producido durante años por la mala gestión. ¿No hubiera sido mejor plantearse qué hacer con este gran vacío urbano antes que dejarse llevar por la inmediata necesidad de dar plazas de aparcamiento por doquier? ¿No sería más respetuoso y productivo si vinculáramos el acceso rodado a este equipamiento con el cinturón rodado fuera de murallas mediante un paso enterrado? ¿Además, no ayudaría añadir algún equipamiento digno o gente viviendo para que dicho lugar empiece a tener ese agradable bisbiseo diurno fruto de una sana actividad colectiva?

Tarragona, la ciudad incoherente. Así somos gracias a los proyectos faltos de espíritu crítico, soberbios, alejados de los ciudadanos que difunden valores precarios y faltos de contenido que el tiempo convertirá en basura. Basura urbana que será el único ejemplo que nuestros pequeños asumirán como suyo y dificultará su realización como personas. Que el concierto de silencio ofrecido por el sitio sirva como ejemplo de la catástrofe.

par alta entera

Publicado en: DIARI de Tarragona (18/05/2013)

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