Aún poseo el recuerdo de mi abuelo que me llevaba a pasear por las calles y plazas de Tarragona. Era genial. Todo me parecía emocionante. La Rambla con sus árboles y los suelos tapizados con grises palomas peleándose por coger el último granito de maíz arrojado del pequeño cartucho de cartón por mi mano blanquecina. El mar abajo, la ciudad arriba. Siempre íbamos por el camino más cómodo, ¡el que tenía menos rampa! Los ruidos de las calles y el cariz gris perpetuo de la ciudad contrastaba con el agua de las fuentes y la fortaleza que guardaba el arcoíris. Mi abuelo lo llamaba mercado.

Lo recuerdo por el contraste del olor frío de pescado combinado con los borbotones visuales de la alfombra colorida del pelotón de fruta. Esta amalgama sensorial siempre acababa con premio. O con un triangulito de queso curado o un trocito del mejor jamón que una señora muy simpática que no conocía me regalaba a merced de mi inocencia, supongo. Ayudaba en lo posible, alguna bolsita podía cargar y así él se aseguraba de moderar mis tentaciones ante la suculenta atmósfera. La partida era triste, la batalla perceptiva mermaba en forma ¡pero no en intensidad! La fortaleza era tan generosa que dejaba sus paredes para que unos señores con tenderetes más modestos pudieran vender delante de las otras tiendas. La gente se apiñaba literalmente, mis rojas mejillas fueron sacudidas por una pantorrilla inquieta deseosa de hallar la preciada ropa. Los autobuses daban la sonata en esta inquieta marea humana, que la exaltaba o mermaba en horas punta. El reencuentro con la sudada pantorrilla coincidió en la caja roja con ruedas que por desdichada puerta no cabía el ansia de subir. Pagó el billete y ensardinados volvimos a casa.

Es curioso que muchos recuerdos se gestan en aquellos lugares donde hay mucha intensidad y muchos temas relacionados, conviviendo y articulando un sistema en que la arquitectura tan solo es un granito más del gran montón de arena al que pertenecemos como individuos. ¿No pensáis que nuestros edificios deberían responder a este tipo experiencias sensibles más que a banalidades de la moda de turno? ¿Por qué no usamos la magia de la nostalgia como herramienta para mejorar nuestros proyectos?

imagen mercado

Publicado en: DIARI de Tarragona (04/05/2013)

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